Música: Yuri Méndez
«Los niños negritos no comen».
No, no comen…
Sus madres tienen los ojos sepultados en tumbas vivas,
en cauces de ríos de lágrimas secas,
con barrigas preñadas de muerte.
«La esperanza de vida está por debajo de un año»,
me cago en mi puta vida entonces.
«Se trafica», sí.
Se trafica con armas, con drogas, con hombres, con mujeres,
con niños, con vidas, con ideologias, con internet, con política, con poder,
con sueños,
con meterte el miedo en el cuerpo.
Cada mañana, al despertar,
me miro en el espejo y
lo que veo no me gusta.
Y, entonces,
en vez de comerme mi propia mierda fresca,
te jodo a ti, te jodo a ti, te jodo a ti
y te jodo a ti.
¿Por qué?
Porque la culpa siempre es de los demás.
Siempre.
Y la enfermedad se llama
«Vivamos la vida de los demás por
que no tengo cojones ni sangre para vivir la mía».
Tengo goteras en mi casa,
goteras en mi curro,
goteras en mi corazón…
De las goteras en mi cabeza os hablo otro día
que ahora quiero dormir.
Cuando duermo no pienso.
No pensar.
Yo sólo quiero volver.
Yo sólo quiero volver a las entrañas de mi madre,
a nadar sumergido flotando en un paz infinita,
en una duermevela blanca de un cuerpo y dos corazones,
abrazado por un cordón.
Caliente, protegido, acurrucadito.
Indefenso pero invulnerable.
Yo sólo quiero volver al día
en el que mi madre me cantó mi primera nana.
Sólo quiero recuperar la esperanza…
La esperanza vive dormida en el ombligo de este mundo.
Lo sé porque me lo dijo anoche, que salió a tomar unas copas
y se acostó conmigo.
La vi sentada al fondo la barra. La reconocí.
Me acerqué.
Dije:
– Esperanza, ¿por qué vives dormida en un ombligo
y cuando hablas oigo un acertijo?
Y la esperanza contestó:
– Porque estoy y estaré siempre sola,
escribiendo el destino de los hombres que va de la mano del mío.
No tengo ni casa, ni marido, ni hijos, ni hipoteca,
ni Play Station, ni impuestos, ni condenas, ni condones,
ni condolencias,
ni amores, ni desamores, ni ticket de la ORA, ni tentaciones.
Pero…
Tengo un hueco en cada alma con plaza de garaje y trastero,
un pasadizo con atajo secreto.
El secreto del paso adelante y el remedio del paso atrás.
Nací la mañana que la vida vio la luz
y aún no perdí ninguna batalla.
De madre la luna, de padre el sol.
Crecí con la mirada perdida, escondida tras un escudo de cartón.
Ahora las balas me hacen cosquillas
y el odio de los hombres es mi bufón.
Estaba antes de llegar tú y permaneceré cuando tú te vayas.
Mi nombre es Esperanza y mi sangre… Mi sangre es el amor.
Reconozco tu sabor,
sé quién eres…
Por fin, por fin sé qué soy…
Soy cada uno de los lugares en los que he estado.
Soy los caminos que me quedan por recorrer.
Soy los puentes que dimanito cuando me marcho,
que si tengo que volver, ya volveré por otro lado.
Soy un sueño en el que tengo una pesadilla
por no poder soñar.
Soy lo que me hace llorar y, cuando lloro,
soy yo cada una de mis lágrimas.
Soy los quebrantos de mis andanzas,
los callos dulces de una peregrina de agua salada.
Soy mis resacas, mis babas, las rebabas de mis resacas.
Soy Alí Babá y los cuarenta ladrones
que violaron mi calma.
Soy los espasmos de una polla sin agujero.
Soy la gangrena en unos pezones de miel.
Soy la tristeza de una paja a oscuras.
Soy una muñeca hinchable buscando su alfiler.
Soy la necesidad de abrir, de abrirme,
de cerrar, de cerrarme, de castigar, de castigarme,
de sorprender, de sorprenderme,
de alentar, de alentarme.
Soy la necesidad de necesitarme.
Soy la sangre que me corre y el correr de mi sangre.
Soy mi latir, mi sístole, mi diástole, mi bombeo,
mi bomba de queroseno contando hacia atrás
escondida tras las puertas de mi pecho.
Soy las lágrimas lloradas por el cielo
porque si algo tan grande como el cielo llora
es que su dolor tiene dueño.
Soy la mascota de los peces de mi pecera,
son ellos los que me miran, los que están fuera.
Soy mis carcajadas desde el ombligo de mi madre santa.
Soy mis lágrimas hechas vapor en los recuerdos de mi alma.
Soy la resaca de un abstemio de besos.
Soy mi cielo, mi papel, mi subsuelo, mi cenicero,
estirándome, que el sol me ennegrezca, soy ceniza,
escondiéndome, que el corazón de la tierra me admita.
Soy fuego.
Soy yo. Fuego y ceniza.
Soy lo mismo.

Soy mis dependencias.
El fruto luminoso de mis sufrires.
Mis sufrimientos.
que llevan años fementando ya,
bailando con mis no remedios,
abranzando los muñones de mi miedo.
Mis sufrimientos.
De esos podría plantar viñedos y viñedos, y viñedos, y viñedos.
Y cuando la uva se hiciese flor,
¡cuando la uva se hiciese flor!
Pisaría mis sufrires
pariendo un caldito bueno,
un jugo de dolor,
dolor con sabor a renacimiento.
Por fin sé qué soy…
Soy tartamudo en mi constancia,
epiléptico en mis amores,
dañino en mis preguntas,
genocida en mis respuestas,
corrosivo en mis dudas,
rencoroso en mis errores,
ninfómano en mis rezos,
puro en mis erecciones,
alcohólico en mis esperanzas,
y sonámbulo en mis alegrías…
Soy como todos, uno.
Soy uno con todos.
Somos uno.
Por fin sé qué soy.

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