Texto: Hokik Keuchkerian
Música: Yuri Méndez
En las escaleras que suben al cielo hay un desvío al infierno,
y luego otro, y luego otro.
En las escaleras que bajan al infierno hay un desvío al cielo,
y luego otro, y luego otro.
Entre medias hay un apeadero con cien almas por azulejo.
Con cien.
Por azulejo hay un niño cojo haciendo equilibrios sobre un buñuelo.
Los subtítulos son en inglés.
Hay un sordomudo haciendo ruidos extraños,
un ciego estornudando,
un enano bailando un vals con un peluche de barro
y un calendario sudando días para llegar a fin de año.
Me despierto.
Me despierto y me sorprendo siendo el sordomudo,
el ciego,
el enano,
el vals,
el peluche,
el barro,
el buñuelo,
el calendario,
el sudor,
el fin de año,
las escaleras,
el cielo,
el infierno,
el apeadero,
el azulejo…
Todo.
Todo menos las cien almas que viven dentro.
De repente,
las escaleras del cielo y del infierno se hacen agua
o se hacen fuego.
Parece que granizo,
de repente, llama,
alud, incendio,
agua de nuevo,
se hacen hielo quieto quieto.
Me congelo.
Me destierro de mi cuerpo,
me alejo, me siento marchar.
Vuelo volviendo a mis reversos.
Estoy cuerdo, no lo estoy.
Mi cuerda al cuello es mi cordura
de reo.
Me duermo y me despierto.
Me despierto y me duermo.
Me meo, mi orina es terciopelo.
Ya no hay escaleras ni sustento,
ni suelo ni apeadero.
Ya no hay nada. Ya nada.
Me duermo y me despierto.
Me despierto y me duermo.
Y en el medio paso o pasito o paso pequeño
que hay entre la vigilia y el sueño.
Abro los ojos preguntándole a mi paladar
que es el cofre de mi tesoro de mis sabores de mi venenos,
la memoria de mis olores, mis escombros,
mi barra libre de recuerdos.
Abro los ojos preguntándole a mi paladar:
– ¿Podrías por favor decirme en que desvío empeñé mis anhelos
y si has visto en el cielo o en el infierno unas manos
con sus dedos?
Quiero fumar.
Quiero fumarme la vida
en caladas de cateto
y con un muñón me resulta bastante complejo.
– Antes de fumar
deberías buscar tu boca,
que es mi cobijo, mi refugio,
mi celda, mi toldo, mi parapeto,
mi cueva, mi techo.
Deberías buscar tu boca,
que te la dejaste en el último beso
que no llegaste a dar porque tu otra boca,
la que creías para ti,
estaba lejos por tener miedo.
Miedo al daño que todo lo marca a fuego.
Miedo que empitona a los necios como tú
que siguen creyendo en los cuentos.
Y te pregunto yo ahora, cretino,
¿Qué es un paladar sin techo,
sin cielo propio,
sin eco?
¿Cómo quieres que reconozca tus sabores
si duermo al raso de los cielos?
Si no duermo.
Sin responder a mi paladar
me hice chispa,
punzada de queroseno,
cortafuegos de carbón,
semilla de matadero,
destello…
Rompiendo el silencio
con cristales por pestañas
rayando hacia dentro,
sangrando lágrimas de necio confeso,
de cretino venido a menos…
Rompiendo el silencio
sólo por los alaridos del hueco
donde mi boca estuvo
y ya no está,
llorando huérfano su asombro.
Mi boca se hizo nudo, desierto,
callo con mi cuerpo,
cielo abierto en canal,
remolino,
feto muerto vivo y muerto, otra vez.
Abrí los ojos ardiendo en mis sudores.
Nada bajo mis pies, nada que me sostuviera,
flotabao en una tripa sin tripa, sin barriga.
Mis dos muñones sobre una mesa
que no se veía donde empezaba y donde terminaba.
Un señor muy raro
con un único brazo y un violín viejo y destartalado
que le salía en el espacio que hay
entre los huevos y el nabo
bailaba a solas un tango,
pisaba al mismo tiempo
su descaro y mi llanto.
Me miraba extrañamente extrañado.
– ¿Dónde coño están mis manos,
señor con un violín naciendo de sus cojones
y huérfano de brazo?
¡Ya perdí mi paladar!
Ya pagué un precio alto.
– Me has vendido tus manos
a cambio de que te ayudara a encontrar el alma gemela
que andabas buscando.
– No diga estupideces, ¡quiero que me dé mis manos!
– ¿Cómo las ibas a coger si ya te las he cortado?
Después de haber cerrado el trato,
en el rato que has tardado en despertar,
me he hecho con ellas una musaca
que ya descansa en mi estómago.
Con lo que ha sobrado me hecho esta infusión
que ahora mismo beberé de un trago.
– ¿Qué alma andaba buscando?
– Decías algo de una mujer con la voz del demonio
y el miedo como amuleto que te robó
tus daños y los cebó en el mismo paso.
– Haga el favor de darme un trago
de esa infusión de mis manos,
a ver si por lo menos recupero el tacto.
Eché un trago…
Las huellas dactilares de mis manos
viajaron hasta hacerse costra los dedos de mis pies
que en un solo trago se hicieron piesmanos…
– Ya tiene mis manos ahora cumpla su parte del trato.
– Ya lo he hecho. Te he devuelto tu paladar.
Hoy soy las cien almas que me viven dentro.
Mi paladar vuelve a tener dueño.
Somos más amigos después del reencuentro.
Ya nunca nos separaremos, o sí.
Se ríe de mí porque más que nunca
creo en los sueños, creo en los cuentos.
Camino leyendo las palabras del viento
al pisar mis piesmanos el suelo.
En las escaleras que suben al cielo hay un desvío al infierno,
y luego otro y luego otro.
En las escaleras que bajan al infierno hay un desvío al cielo,
y luego otro, y luego otro.
Entre medias hay un apeadero con cien almas por azulejo,
Con cien.

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